martes, 27 de enero de 2015

Cessna 182 – Matr. LV- HUA – Buenos Aires

Este Cessna 182, matriculado LV-HUA, podría pasar desapercibido como tantos que vuelan por los cielos argentinos; sin embargo su historia hace que se destaque sustancialmente de los demás. Es que en 1964 realizo un vuelo sin precedentes hasta entonces para una aeronave de su tipo: internarse en el océano, en las gélidas aguas del Atlántico Sur, hasta arribar a las Islas Malvinas.

Su piloto, Miguel FitzGerald fue el primer argentino en volar a las islas y plantar la Bandera nacional. Lo hizo el día de su cumpleaños y a su arribo dejó una proclama y luego regresó.


Pero quien es Miguel FitzGerald? Según el mismo se define como un simple piloto civil, su vocación. A los 16 años voló planeadores y a los 20 aviones con motor. Es un piloto solitario, trabajó en Aerolíneas, hizo fotografía aérea, taxi aéreo, remolque de carteles. El mismo aclara: "Menos fumigación y contrabando, hice de todo".

Dos años antes, en 1962, había hecho el primer vuelo sin escalas y sin acompañante, desde Nueva York a Buenos Aires. De esto solo unos pocos diarios se hicieron eco de esta hazaña: de Nueva York a Buenos Aires.

Ese año, 1964, la cuestión Malvinas estaba en la agenda de la ONU por decisión de la Asamblea. Por entonces se estaba tratando el tema de las colonias en América. un comité especial de las Naciones Unidas se preparaba para el análisis de este tema. 


Para esa fecha la Argentina hacia 131 años que venía reclamando ante Inglaterra y al parecer, con los aires anticolonialistas y nacionalistas de la época, la adhesión de muchos países a la exigencia de devolución de los territorios era un hecho.

Miguel, que por entonces tenía 38 años, como otros tantos pilotos les rondaba por sus cabezas la idea de “mandarse, plantar bandera”. Finalmente, en busca de la gloria resolvió que lo haría. Junto a un amigo presento la iniciativa al diario La Razón para que realizara su cobertura. A Félix Laiño, editor del diario, no se interesó; sin embargo el recién salido diario Crónica de características más sensacionalistas, cuyo dueño era Héctor García, sí se entusiasmó, y así lo hizo.

A Miguel le interesaba la difusión pública de la hazaña, porque podía ser sancionado por la Fuerza Aérea con una suspensión severa, por ello decidió planificando con mayor ahínco la difusión de la noticia que el viaje en sí.

Miguel comentó sus intenciones con Siro Comi, , presidente del Aeroclub de Monte Grande, que a su vez era representante de esa marca de aviones en el país. Este inmediatamente se mostró dispuesto, le ofreció el avión para el cual ordenó algunas modificaciones. Se trataba de un Cessna 185 de 260 HP Matrícula LV- HUA, al cual Mike llamó “Luis Vernet”.

Muy poca gente sabia el tipo de vuelo que realizaría el avión que comenzó a recibir modificaciones. Horacio Franco era uno de los pocos que sabía y fue quien agregó los tanques de combustible con una capacidad total de 200 litros. Roldan, dueño del taller, y el resto de los mecánicos que trabajaban en el Cessna presumían que se avecinaba un viaje largo, importante. El radiotécnico llamado Quintana coloco una Radio HF de larga distancia en el asiento del copiloto. También se agregó, una bomba de combustible eléctrica.


Miguel recuerda: ”. En la tapa del tanque de nafta, Miguel había escondido una copia de la llave del avión. “- Pensaba que podrían sacarme la llave del avión y entonces sí, dejarme suelto. Por eso tenía una llave extra en el tanque de nafta”.

Miguel recuerda: “Había pensado en el 8 de septiembre porque ese día se reunían los diplomáticos en Nueva York. Además, era mi cumpleaños. Cuando se lo conté a García (de Crónica), él se puso firme: “Hacelo el 8. No se te ocurra hacerlo el 9, porque ese día juegan Independiente y Juventus la final de la Copa Intercontinental, y la gente quiere fútbol, por más que vos bajes en Malvinas”.

Se decidió que el punto de salida era el Aeroclub de Río Gallegos debido a que su pista no tenía torre de control monitoreada por la Fuerza Aérea. El 6 de septiembre, partió desde el Aeródromo de Monte Grande hacia Olavarría, Provincia de Buenos Aires y luego a Trelew, Chubut. Se abasteció de combustible y volvió a Puerto Madryn para dormir.

A la mañana siguiente continuo su viaje hacia el sur. Arribo a Comodoro Rivadavia y luego a Caleta Olivia. Al llegar a Pico Truncado el motor comenzó a “ratear ”. Se trataba de unos cables en las bujías. A pesar de ello continuó su última pierna arribando a Río Gallegos. Cargó combustible en el Aeropuerto y luego se voló al Aeroclub donde soluciono el problema del motor.

En Río Gallegos se encontró con Ignacio Fernández, Comandante de Austral y Gerente de la misma en Rio Gallego, quien le proveyó de toda la información técnica y meteorológica necesaria de la zona. También colaboro él operador de la radio del aeropuerto de Río Gallegos y despachante de Austral y a quien él le tenía mucha confianza. Con este último, coordinaron una secuencia por radio. Miguel llamaría en la hora y a las y veinte, dando la posición en que se encontraba.

A las nueve y veinte de la mañana del 8 de septiembre, el Cessna levantó entonces vuelo desde allí. El vuelo no tuvo inconvenientes realizándolo a 8000 pies y navegando guiado por la emisora AM de Río Gallegos y el radiocompás ya que no conocía ninguna radioayudas de las islas.

A las tres horas y quince minutos divisa el archipiélago, un rectángulo con una gran cantidad de  islas e islotes. Miguel emite por radio una corta frase: “operación normal”, y en Gallegos hay gente que interpreta el mensaje. Ya sobre el archipiélago, una capa muy densa de nubes impide ver. No puede descender porque en alguna parte hay un cerro de seiscientos metros de altura. Sin embargo, luego de un breve tiempo un claro le permite verlo y desciende.

Ya volando por debajo de la capa de nubes, logra ver Puerto Stanley, envió una comunicación a Río Gallegos: “El Lima Víctor Hotel Uniform (LVHU) sobrevolando Malvinas, me dispongo al aterrizaje para enarbolar nuestra bandera”. “Al pasar por arriba de las estancias sorprendí a los malvinenses porque el avión no era de los que había en la isla; el mío no tenía flotadores para aterrizar en el agua.”

El ruido fuerte y extraño que iba aumentando en intensidad, sacudía la modorra de Port Stanley. FitzGerald tomó la decisión de dar dos vueltas alrededor del pueblo antes de aterrizar. Pretendía que sobraran testigos. Primero vio puntitos negros, luego pequeñas casas y autos y, un rato después, las siluetas precisas de personas, mayoritariamente rubias.

Gracias a la ayuda de mapas del terreno malvinense que le prestaron en el aeroclub, había decidido que el mejor lugar para aterrizar era una pista de cuadrera. En ese entonces no existía aeródromo ni pistas. Buscó la pista de cuadreras, y aterrizó. 

Se baja del avión con el motor en marcha, sacó la Bandera y la cuelga del enrejado de la cancha. Un hombre de los que se habían juntado a ver el aterrizaje se acerca y supuso que estaba perdido. ‘Where do you come from?’, gritó. FitzGerald responde en inglés que venía de Río Gallegos, y luego recuerda: “me dijo si quería combustible para volver, pensando siempre en que me había extraviado. Le dije que tenía lo necesario.”

Le entrega la proclama y le dice: ‘Tome, entréguele esto a su gobernador para que la difunda’ y me marché rápidamente. Tenía miedo de que los ingleses me confiscasen el avión, que además no era mío. Me subo al avión y vuelvo a Gallegos. Habré estado en Malvinas unos quince minutos."

Miguel recuerda: “La Proclama la había escrito en castellano por supuesto. Haberla escrito en inglés hubiera sido contradecir el espíritu argentino de esa empresa. (La deben haber tenido que descifrar).”

Una vez en vuelo emprendió el regreso a Río Gallegos no sin antes realizar algunas pasadas sobre las casas de Puerto Argentino. FitzGerald envió un nuevo mensaje al continente. 

Lo aguardaba junto a la radio un periodista que inmediatamente retransmitió la primicia; Héctor Ricardo García, el director de Crónica, empezó a jugar su papel.
Crónica tenía la primicia y en la edición de esa tarde tituló en letra catástrofe: “Malvinas: hoy fueron ocupadas”. La Razón registró uno de los días de más bajas ventas de su historia. Su competidor llamó la atención e inauguró un estilo periodístico.

Al volver a Buenos Aires FitzGerald fue el hombre más buscado del país. En Aeroparque, la gente de García esperaba a Miguel. Lo subieron a un jeep y lo llevaron a dar vueltas por la ciudad, como a un héroe. Ese recibimiento y el festejo popular impidieron a la Fuerza Aérea suspender la matrícula de piloto de Miguel, sin embargo no dudó en sancionarlo. El entonces presidente de la Nación, Arturo Illia, levantó finalmente el castigo impuesto por la Fuerza Aérea recibiendo solamente un apercibimiento.

Su hazaña no fue bien vista por los funcionarios argentinos en la ONU (temerosos de perturbar las gestiones diplomáticas). Aunque el comité votó a favor de que se iniciaran las conversaciones entre Londres y Buenos Aires.

Así relataba la Revista TODO el momento posterior al despegue: “No bien el pequeño avión desapareció, los pobladores acercaron y se reunieron para ver si juntos entendían mejor. Naturalmente, Jannes Shitchiff fue el centro de las preguntas. Sobre sus manos, una delgada carpeta peuser guardaba el secreto. Mientras alguno se encargó de quitar la bandera y enrollarla con cuidado, Shirtchiff puso en marcha su motocicleta". 

"Ya con la bandera en ristre y la carpeta sobre el tanque, se dirigió hasta el centro. La misión que le solicitara FitzGerald la cumplió a las 14 horas de ese mismo día, ya que el Honorable H. Thomson – gobernador en funciones interinas reemplazando a Sir Edwin Arrowsmith – no demoró en atender el más importante asunto que vivía la isla en años. Thomson hizo sentar al emisario y se dedicó a contemplar esa bandera y a leer la proclama. Preparó el informe que enviaría a Londres días después.”

Luego de esta aventura el avion regreso al Aeroclub Monte Grande convirtiendose en un icono por aber tocado tierras malvinenses. Posteriormente pasopor varias manos siendo su ultimo operador y dueño el Club de paracaidismo "Skydive Bahia, quienes lo utilizaban como aeronave lanzadora de paracaidistas.